 |
Imagen de drippycat (pixabay user_id:1944641)
|
Amiga, volví a soñar contigo.
Hacía cola para recoger un pedido
de esos de comida rápida e insustancial
y entraste colándote entre la gente
hasta recoger lo que habías ido a buscar.
Me quedé de piedra al verte,
consciente de que no podía ser verdad.
Te llamé con el miedo de quien no sabe
si los muertos reconocen a quienes aún vivimos
y te volviste con la mejor de tus sonrisas
preparada para increpar algo que justificara el haberte colado,
pero tu gesto cambió en un instante
a otro tipo de sonrisa que me calentó el pecho.
Te pregunté qué tal estabas, si todo te iba bien y,
en ese instante,
entrecerraste los ojos como si acabaras de recordar
que dejaste el mundo de los vivos varios años atrás.
Con gesto preocupado me preguntaste si yo había muerto.
Me llevé la mano al pelo, como si aún pudiera notar
la quimio que me marcó para siempre por fuera y por dentro,
y respondí con toda la sinceridad que por poco.
Asentiste con una sonrisa
y yo apreté tu mano fría.
Desperté entre sollozos agitados
de aquel sueño que sirvió como extraña celosía
quebrada entre nuestros frágiles reinos
para permitirme hablar contigo otra vez.
Y ahora tengo las manos frías.