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| Imagen de StockSnap (pixabay user_id:894430) |
*El martes pasado trabajamos en el curso de escritura creativa sobre dos cuentos del libro "Cadillac Ranch" de Antonio Tocornal. El ejercicio encargado fue crear un texto que responda a la pregunta que aparece en uno de los cuentos, "Hanami", que dice "¿A dónde irá ese poco de vida cuando una planta se desprende de él?". Aquí podéis leer un cuento homenaje al mismo cuento, donde intento dar respuesta a la pregunta.
¿A dónde irá ese poco de vida?
El antiguo jardinero jubilado entró en la tienda.
El empleado se alegró contar con un cliente tan fiel, tanto como para comprar un buen ejemplar todos los meses.
Las plantas que allí moraban, sin embargo, olieron la muerte que portaba el anciano en su mirada. No podían huir. Querían abrazarse, darse apoyo ante la terrorífica visita. No podían.
Las hojitas se movieron como un susurro imperceptible.
El anciano olió su savia estresada y sonrió. Paladeaba su miedo mudo. Estiró un dedo tembloroso y arrugado, lleno de manchas propias de la edad: había seleccionado a su víctima.
El pequeño árbol elegido gritó en silencio, sabedor de que su destino no iba a ser un lugar mejor.
Siempre soñó acabar siendo adoptado por una familia, crecer, engrosar su tronco, quizás tener unas ramas tan fuertes que pudieran sostener un columpio donde observar crecer a los más pequeños. Salir en sus fotos de familia. Estar ahí para siempre o morir de viejo sabiendo que ha vivido una vida feliz y plena.
Los mozos agarraron su tiesto. Sus ramitas se movieron como queriendo precipitarse al suelo. Romperse sería mejor que el destino que, intuía, aguardaba.
No sucedió. El arbolito fue cargado en la furgoneta de empresa. No sintió los vaivenes, bien amarrada la maceta con bridas. No tendría suerte.
En cuanto fue depositado en la entrada de la casa, notó exudar savia que resbaló por sus ramas. El sol deslumbraba a su alrededor, pero el inconfundible hedor de la muerte llegó desde una puerta cerrada.
El anciano, tras despedir a los mozos, cerró la puerta y pasó la lengua por sus labios. Acercó la cara a sus hojas aspirando el olor de la vida que aún portaba. Después arrastró penosamente la maceta en dirección a la puerta cerrada. Su respiración era pesada.
Al girar el pomo, el inquietante sonido de patitas entre hojas secas inundó el lugar. El pequeño árbol escuchó alguna respiración entrecortada, pero no pudo ver de quién era. ¿La flor de pascua que se llevó en Navidad? ¿El bambú del mes anterior? ¿Otro ser vivo que no lograra reconocer? No lo sabía. Allí todo era oscuridad.
El anciano terminó de mover la maceta hasta un lugar que consideró aceptable. No podía ver su cara, pero adivinaba que disfrutaba con aquello. Si no, ¿por qué repetir todos los meses aquel siniestro ritual?
La cortina se deslizó lo justo para que un haz de luz descubriera la morgue en que había convertido aquel cuarto: decenas de plantas y arbolitos, secos, sin hojas, moribundos. Iba a perecer de inanición, privado de luz y agua. El arbolito que tuvo sueños e ilusiones, condenado al más terrible de los destinos.
El anciano cerró la cortina y caminó con pesadez, tosiendo para recuperar el aliento, hasta dejarse caer en el sillón. Desde allí se recreó en la macabra obra que lo rodeaba.
En el silencio de la estancia, un suspiro mudo anunció la muerte de otro miembro de aquellos prisioneros. El anciano abrió la boca, aspirando como si le fuera la vida en ello. Al terminar, sonrió con los dientes que le quedaban, respirando con energía renovada. Se levantó y salió por la puerta con paso firme.
Solo entonces, el pequeño árbol supo a dónde iba ese poco de vida cuando una planta se desprende de él.
Al menos para el antiguo jardinero jubilado.
El empleado se alegró contar con un cliente tan fiel, tanto como para comprar un buen ejemplar todos los meses.
Las plantas que allí moraban, sin embargo, olieron la muerte que portaba el anciano en su mirada. No podían huir. Querían abrazarse, darse apoyo ante la terrorífica visita. No podían.
Las hojitas se movieron como un susurro imperceptible.
El anciano olió su savia estresada y sonrió. Paladeaba su miedo mudo. Estiró un dedo tembloroso y arrugado, lleno de manchas propias de la edad: había seleccionado a su víctima.
El pequeño árbol elegido gritó en silencio, sabedor de que su destino no iba a ser un lugar mejor.
Siempre soñó acabar siendo adoptado por una familia, crecer, engrosar su tronco, quizás tener unas ramas tan fuertes que pudieran sostener un columpio donde observar crecer a los más pequeños. Salir en sus fotos de familia. Estar ahí para siempre o morir de viejo sabiendo que ha vivido una vida feliz y plena.
Los mozos agarraron su tiesto. Sus ramitas se movieron como queriendo precipitarse al suelo. Romperse sería mejor que el destino que, intuía, aguardaba.
No sucedió. El arbolito fue cargado en la furgoneta de empresa. No sintió los vaivenes, bien amarrada la maceta con bridas. No tendría suerte.
En cuanto fue depositado en la entrada de la casa, notó exudar savia que resbaló por sus ramas. El sol deslumbraba a su alrededor, pero el inconfundible hedor de la muerte llegó desde una puerta cerrada.
El anciano, tras despedir a los mozos, cerró la puerta y pasó la lengua por sus labios. Acercó la cara a sus hojas aspirando el olor de la vida que aún portaba. Después arrastró penosamente la maceta en dirección a la puerta cerrada. Su respiración era pesada.
Al girar el pomo, el inquietante sonido de patitas entre hojas secas inundó el lugar. El pequeño árbol escuchó alguna respiración entrecortada, pero no pudo ver de quién era. ¿La flor de pascua que se llevó en Navidad? ¿El bambú del mes anterior? ¿Otro ser vivo que no lograra reconocer? No lo sabía. Allí todo era oscuridad.
El anciano terminó de mover la maceta hasta un lugar que consideró aceptable. No podía ver su cara, pero adivinaba que disfrutaba con aquello. Si no, ¿por qué repetir todos los meses aquel siniestro ritual?
La cortina se deslizó lo justo para que un haz de luz descubriera la morgue en que había convertido aquel cuarto: decenas de plantas y arbolitos, secos, sin hojas, moribundos. Iba a perecer de inanición, privado de luz y agua. El arbolito que tuvo sueños e ilusiones, condenado al más terrible de los destinos.
El anciano cerró la cortina y caminó con pesadez, tosiendo para recuperar el aliento, hasta dejarse caer en el sillón. Desde allí se recreó en la macabra obra que lo rodeaba.
En el silencio de la estancia, un suspiro mudo anunció la muerte de otro miembro de aquellos prisioneros. El anciano abrió la boca, aspirando como si le fuera la vida en ello. Al terminar, sonrió con los dientes que le quedaban, respirando con energía renovada. Se levantó y salió por la puerta con paso firme.
Solo entonces, el pequeño árbol supo a dónde iba ese poco de vida cuando una planta se desprende de él.
Al menos para el antiguo jardinero jubilado.

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