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*Al hilo de la clase en la que diseccionamos algunos textos de Clara Obligado en su libro "Tres maneras de decir adiós"
Los adioses
—¿Quién vive preparado para el adiós?
Él me mira. No hay un ápice de ironía en la pregunta.
Encojo los hombros y poso el vaso sobre la mesa, cuyo tintineo provocado por el choque de los hielos queda amordazado por una música que está demasiado alta. Al menos en esta mesa no tenemos que soportar los empujones de aquellos que tratan de llegar a la barra. El precio de tener el altavoz encima es algo que pagamos con gusto y el pago es invadir nuestros espacios personales para poder escucharnos.
—La ironía hace que tengamos que rendir pleitesía a esa palabra de forma irremediable y con una constancia mayor de la que nos gustaría. Hablamos de adioses variados que pueden tocarnos de forma más o menos profunda. Nadie escapa de aquellos que producen un dolor infinito de los que oprimen el pecho y queman en la garganta como una plancha de hierro al rojo vivo.
«¿Acaso no has llorado alguna vez hasta que las cuerdas vocales acaban dañadas? ¿Hasta que lo siguiente que sale de tu garganta no es más que un silencio infinito de ojos hinchados por las lágrimas?» No formulo las preguntas. Sé que lo ha hecho. Me lo contó aquel día en que casi nos deslizamos en el vórtice de un algo que nunca ha llegado a ser nada. Pero aquel día, casi.
—Están los adioses y los ADIOSES.
»La inocencia que pierdes para siempre cuando descubres los secretos navideños de los adultos.
»La mascota a la que quieres más que a la mayoría de personas que conoces y de la que ya no podrás sentir su ronroneo en las mañanas frías de invierno acurrucada a tu lado.
»Ese momento en el que bajas a comprar tu queso favorito y descubres que la fábrica ha cerrado y nunca más volverá a comercializar.
»La niñez desterrada por obligación a la llegada de la primera menstruación.
»El último cigarro de la cajetilla antes de dejarlo para siempre.
»La amiga que una noche decide tomar un bote de pastillas.
»El libro que perdiste y no podrás recuperar porque fue descatalogado.
»El primer amor, ese que hace que los cuentos que acaban con un “y vivieron felices para siempre” pierdan el significado.
»El amor más irracional, ese que cala hasta el alma y tratará de aferrarse a los recodos de tu memoria por el resto de tus días.
»El amor adulto y responsable, con el que todo es fácil como el respirar y que sabes que llevará tantos años construir de nuevo que no te molestarás ni en intentarlo de nuevo.
»La rotura de tus gafas preferidas, esas cuya montura ha pasado de moda y sabes que nunca volverás a tener.
»Ese disco duro que se quema con todas tus fotos de las que nunca hiciste copia.
»El olor de tu bebé que se ha hecho grande y más impertinente de lo que creías haber educado.
»El vecino de toda la vida que cogió el coche por la mañana y no volverá a hablar contigo sobre el tiempo en el ascensor.
»El tumor que desaparece de tu cuerpo con incansables sesiones de quimioterapia que destruyen todo lo malo y lo bueno a su paso.
»Aquella planta que has tratado de mantener con tanto cariño.
»La vida de un familiar que se apagó como una vela, consumido por un final inexorable.
»Están los adioses y los ADIOSES.
El aire cargado de humo falso, como los de los conciertos, nos envuelve en su abrazo sintético. Noto su sabor en lo hondo del paladar. Lo odio.
—La misma palabra puede sentirse más grande o pequeña en función del paso del tiempo, del humor del momento, de encadenar anécdotas que te hacen estallar en risas o llanto —valora tras unos segundos de silencio—. Aprendemos a vivir con ello, a claudicar a su inevitabilidad y, a pesar de todo el esfuerzo por comprender su significado, el adiós siempre es diferente y nunca terminamos de estar del todo preparados para afrontarlo.
Me atrevo a tomar su mano. Tiene los dedos fríos y tiembla. No es por mí, ni por lo que hablamos. Siempre tiembla, como los dientes castañetean en las mañanas de invierno. Esbozo una sonrisa que no llega hasta los ojos.
—Ojalá convertir los adioses tristes en hasta luegos agradecidos, que nos abracen dentro del pecho con sus brazos invisibles y cálidos.

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