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| Imagen de xusenru (pixabay user_id:1829710) |
*Tras leer unos cuantos relatos del libro "Cien viajes en ascensor" de Alfonso Zurro, la propuesta fue crear un texto que transcurriera dentro de un ascensor.
Ascender, descender, trascender
Al entrar en el ascensor, recorrió con la mirada cada esquina y eligió aquella en la que pasar más desapercibida: lo último que quería era verse obligada a entablar otra absurda conversación insustancial sobre el tiempo. Ajustó la amplia bufanda alrededor del cuello, porque a pesar de no querer hablar del tiempo sabía que hacía demasiado frío. Todo parecía demasiado frío desde hacía demasiado tiempo. Guardó la nariz debajo y los cristales de las gafas no se empañaron. ¿Funcionaba aquel stick anti vaho, finalmente? La meca de los miopes, sin duda.
Siempre sintió respeto por aquellas cajas metálicas que subían y bajaban por los edificios como ataúdes para el cómodo transporte de los vivos. Como los aviones, en esencia. Los años y la meditación consiguieron que pudiera usar los primeros, las «benzos» hicieron lo propio con los segundos. Las «benzos» y las gominolas, primas hermanas para los adultos inestables.
Imaginó a quien dio nombre por vez primera al invento. Ascensor, porque asciende. Tenía lógica, pero ojo, que también desciende. ¿«Descensor» no sonaba bien? Desde luego que ahora chirriaba en el oído, aunque era innegable que descendía igual que ascendía. Igual era la aspiración humana: el ascenso a un puesto suculento, a unas vistas privilegiadas, a un lugar mejor. Descender quedaba para el pie de calle más mundano, hacia el abismo. No asciendes a los infiernos.
Si aquel ascensor se parara en ese mismo instante… ¿Habría alguien al otro lado del botón de emergencias? Si el ascensor cayera al vacío del foso desde el decimoctavo… ¿Se elevaría ella cómo si no existiera la gravedad, durante unos instantes, solo para acabar como una masa de sangre y cerebro desparramado? No recordaba que aquel viaje durara tanto. Tenía que haber tomado más benzodiazepinas para cogerlo.
—No: han sido suficientes —anunció una voz metálica desde el altavoz—. Pero aún puedes elegir el destino.
Apenas mudó el gesto cuando sacó el bote del medicamento del bolsillo y lo agitó el el aire, escuchando la nada. Contrajo el pecho en una carcajada muda y apenas un hilo de aire salió de su cuerpo.
Estudió los botones del cuadro de control, comprobando que no apretó ninguno al entrar. Cerró los ojos un instante antes de tomar la decisión de presionar el adecuado.
Esta vez sí, sonrió al hacerlo.

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