25/01/25

 

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*El martes pasado trabajamos en el curso de escritura creativa sobre dos cuentos del libro "Cadillac Ranch" de Antonio Tocornal. El ejercicio encargado fue crear un texto que responda a la pregunta que aparece en uno de los cuentos, "Hanami", que dice "¿A dónde irá ese poco de vida cuando una planta se desprende de él?". Aquí podéis leer un cuento homenaje al mismo cuento, donde intento dar respuesta a la pregunta.


¿A dónde irá ese poco de vida?

El antiguo jardinero jubilado entró en la tienda.
    El empleado se alegró contar con un cliente tan fiel, tanto como para comprar un buen ejemplar todos los meses.
    Las plantas que allí moraban, sin embargo, olieron la muerte que portaba el anciano en su mirada. No podían huir. Querían abrazarse, darse apoyo ante la terrorífica visita. No podían.
    Las hojitas se movieron como un susurro imperceptible.
    El anciano olió su savia estresada y sonrió. Paladeaba su miedo mudo. Estiró un dedo tembloroso y arrugado, lleno de manchas propias de la edad: había seleccionado a su víctima.
    El pequeño árbol elegido gritó en silencio, sabedor de que su destino no iba a ser un lugar mejor.
    Siempre soñó acabar siendo adoptado por una familia, crecer, engrosar su tronco, quizás tener unas ramas tan fuertes que pudieran sostener un columpio donde observar crecer a los más pequeños. Salir en sus fotos de familia. Estar ahí para siempre o morir de viejo sabiendo que ha vivido una vida feliz y plena.
    Los mozos agarraron su tiesto. Sus ramitas se movieron como queriendo precipitarse al suelo. Romperse sería mejor que el destino que, intuía, aguardaba.
    No sucedió. El arbolito fue cargado en la furgoneta de empresa. No sintió los vaivenes, bien amarrada la maceta con bridas. No tendría suerte.
    En cuanto fue depositado en la entrada de la casa, notó exudar savia que resbaló por sus ramas. El sol deslumbraba a su alrededor, pero el inconfundible hedor de la muerte llegó desde una puerta cerrada.
    El anciano, tras despedir a los mozos, cerró la puerta y pasó la lengua por sus labios. Acercó la cara a sus hojas aspirando el olor de la vida que aún portaba. Después arrastró penosamente la maceta en dirección a la puerta cerrada. Su respiración era pesada.
    Al girar el pomo, el inquietante sonido de patitas entre hojas secas inundó el lugar. El pequeño árbol escuchó alguna respiración entrecortada, pero no pudo ver de quién era. ¿La flor de pascua que se llevó en Navidad? ¿El bambú del mes anterior? ¿Otro ser vivo que no lograra reconocer? No lo sabía. Allí todo era oscuridad.
    El anciano terminó de mover la maceta hasta un lugar que consideró aceptable. No podía ver su cara, pero adivinaba que disfrutaba con aquello. Si no, ¿por qué repetir todos los meses aquel siniestro ritual?
    La cortina se deslizó lo justo para que un haz de luz descubriera la morgue en que había convertido aquel cuarto: decenas de plantas y arbolitos, secos, sin hojas, moribundos. Iba a perecer de inanición, privado de luz y agua. El arbolito que tuvo sueños e ilusiones, condenado al más terrible de los destinos.
    El anciano cerró la cortina y caminó con pesadez, tosiendo para recuperar el aliento, hasta dejarse caer en el sillón. Desde allí se recreó en la macabra obra que lo rodeaba.
    En el silencio de la estancia, un suspiro mudo anunció la muerte de otro miembro de aquellos prisioneros. El anciano abrió la boca, aspirando como si le fuera la vida en ello. Al terminar, sonrió con los dientes que le quedaban, respirando con energía renovada. Se levantó y salió por la puerta con paso firme.
    Solo entonces, el pequeño árbol supo a dónde iba ese poco de vida cuando una planta se desprende de él.
    Al menos para el antiguo jardinero jubilado.

04/01/25

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 *Ejercicio para trabajar el ritmo narrativo y la síntesis, tras diseccionar en clase un par de relatos del libro "Teoría del tacto" de Fernanda García Lao


El día de antes de fin de año


A veces pienso que tengo un buen trabajo. Sencillo. De los que ya haces casi de forma mecánica. Abrir la trapa, desconectar la alarma, revisar el correo, las redes sociales, los pedidos que llegan, los pedidos que se van, atender con una sonrisa, aguantar pesados con una sonrisa, hacer tareas para las que no estoy contratada con una sonrisa, la caja, la alarma, la trapa. Y a casa. A veces rasco unos minutos para escribir. Me siento mal cuando lo hago, porque no está en mi contrato. Sigo haciéndolo. Pienso en las otras cosas que no paga mi contrato. Convertirme en una especie de guardiana del secreto de confesión, por ejemplo. A veces son confidencias simpáticas. Otras enfadan por su descaro. Todas tienen un poso común y, sin embargo, albergan relatos de lo más granado. Ninguna deja indiferente. De vez en cuando, llega una que cala y abre un agujero negro en el estómago.
    El día de antes de fin de año, una muchacha vino a la tienda. Con la confianza que da hablar con un desconocido, desnudó su alma y me partió por dentro en dos. Ella no lo sabe, pero su novio la viola. Ella no lo sabe, pero yo sí. Tengo que vivir con ello. No puedo hacer nada más que tender una mano hacia ella. No la coge. Cógela. Coge mi mano. Es lo único que puedo hacer. Escucharte y tender una mano. La viola una vez al día, dos. El trabajo no me paga el psicólogo. Me tiembla el labio mientras lo escribo. La viola cuatro veces a la semana, cinco. Coge mi mano, por favor. Tiene una sonrisa de dientes torcidos y oscuros, aunque no tanto como el corazón de su pareja. Tiene una sonrisa que no llega a los ojos. Lloro. No sabrá nunca que lloro por una desconocida.
    Hay cosas que no te paga una nómina.
    Como llorar por ella.
   A veces pienso que tengo un buen trabajo. Sencillo. De los que haces casi de forma mecánica. Luego me encuentro llorando por una conversación de veinte minutos con una desconocida que sufre. El día de antes de fin de año, determino que he de buscar un nuevo trabajo.

 

13/12/24

 

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*Tras leer unos cuantos relatos del libro "Cien viajes en ascensor" de Alfonso Zurro, la propuesta fue crear un texto que transcurriera dentro de un ascensor. 


Ascender, descender, trascender


Al entrar en el ascensor, recorrió con la mirada cada esquina y eligió aquella en la que pasar más desapercibida: lo último que quería era verse obligada a entablar otra absurda conversación insustancial sobre el tiempo. Ajustó la amplia bufanda alrededor del cuello, porque a pesar de no querer hablar del tiempo sabía que hacía demasiado frío. Todo parecía demasiado frío desde hacía demasiado tiempo. Guardó la nariz debajo y los cristales de las gafas no se empañaron. ¿Funcionaba aquel stick anti vaho, finalmente? La meca de los miopes, sin duda.
    Siempre sintió respeto por aquellas cajas metálicas que subían y bajaban por los edificios como ataúdes para el cómodo transporte de los vivos. Como los aviones, en esencia. Los años y la meditación consiguieron que pudiera usar los primeros, las «benzos» hicieron lo propio con los segundos. Las «benzos» y las gominolas, primas hermanas para los adultos inestables.
    Imaginó a quien dio nombre por vez primera al invento. Ascensor, porque asciende. Tenía lógica, pero ojo, que también desciende. ¿«Descensor» no sonaba bien? Desde luego que ahora chirriaba en el oído, aunque era innegable que descendía igual que ascendía. Igual era la aspiración humana: el ascenso a un puesto suculento, a unas vistas privilegiadas, a un lugar mejor. Descender quedaba para el pie de calle más mundano, hacia el abismo. No asciendes a los infiernos.
       Si aquel ascensor se parara en ese mismo instante… ¿Habría alguien al otro lado del botón de emergencias? Si el ascensor cayera al vacío del foso desde el decimoctavo… ¿Se elevaría ella cómo si no existiera la gravedad, durante unos instantes, solo para acabar como una masa de sangre y cerebro desparramado? No recordaba que aquel viaje durara tanto. Tenía que haber tomado más benzodiazepinas para cogerlo.
    —No: han sido suficientes —anunció una voz metálica desde el altavoz—. Pero aún puedes elegir el destino.
    Apenas mudó el gesto cuando sacó el bote del medicamento del bolsillo y lo agitó el el aire, escuchando la nada. Contrajo el pecho en una carcajada muda y apenas un hilo de aire salió de su cuerpo.
    Estudió los botones del cuadro de control, comprobando que no apretó ninguno al entrar.     Cerró los ojos un instante antes de tomar la decisión de presionar el adecuado.
    Esta vez sí, sonrió al hacerlo.


06/11/24

 

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 *Ejercicio al hilo de la clase "Las patas muy cortas", donde crear un texto en el que la mentira tenga una consecuencia o repercusión.


Puedes confiar en mi

 

Miénteme, engáñame con la verdad, la razón. 

Así te pierdes por la boca, pero te salvas por el corazón.

Los Suaves



A veces lanzo al aire una mentira muy descarada. Hay que tener la mirada serena y la sonrisa socarrona, ese punto de confianza en uno mismo que permita dudar a la otra persona. Ahí radica la belleza de la mentira bien contada: el aplomo del gesto y el poso de una verdad plausible que ejerza de base.

    Sin embargo, a mí no me gusta contar mentiras. Yo prefiero las medias verdades. Esas que te salvan de desnudarte con una verdad dolorosa. Por eso ahora noto la tensión en la comisura de los labios y el remolino en las entrañas, debatiéndome entre la mentira pura y dura y la verdad a medias, porque la verdad no está entre mis opciones.

    —Estate tranquilo: estoy convencida de que nunca encontrarán el cuerpo sin ayuda.

    Él parece liberarse de un peso invisible al escuchar mis palabras, completamente ignorante de que ya he contactado de forma anónima con la policía.

25/10/24

 

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 *Al hilo de la sesión del taller de escritura creativa en el que tratamos las "Algias. Escribir el dolor" y nos fue propuesto crear un escrito en el que relacionar "escribir" y "dolor" mediante preposiciones.


Escribir

A pecho descubierto

Ante ojos analíticos y

Bajo los efectos del sentimiento

Cabe decir susurrando

Con la suspicacia propia adquirida

Contra toda recomendación

De los mayores miedos hablamos

Desde ese recoveco invisible del corazón

Durante los días del desánimo

En habitaciones sin ordenar

Entre papeles arrugados

Hacia un horizonte incierto

Hasta que el cuerpo aguante

Mediante quién sabe qué drogas

Para anestesiar el alma

Por tremenda y cobarde huída 

Según llegue o no el día

Sin futuro ni esperanza 

So pretexto de no verme

Sobre sábanas sucias luchando

Tras torres caídas

Versus ese demonio informe

Vía la garganta descarnada del

Dolor.


_________________________________________


Escribir a pecho descubierto

resistiendo ante los embates,

bajo palios frágiles

donde no cabe más

que esperar con dignidad

aquello contra lo que no se puede luchar

-equilibrismo en puentes de cristal-


Desde las antípodas del sentimiento

que anida durante las noches frías

allá en lo más profundo del pecho.

Entre matojos de piel infecta

que mora hacia las esquinas

hasta límites sin cartografiar.


Con toneladas de miedo mediante

dispongo los mimbres para,

si por casualidad quisieras,

acceder según qué camino—-



20/10/24


 

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 *Al hilo de la clase en la que diseccionamos algunos textos de Clara Obligado en su libro "Tres maneras de decir adiós"

Los adioses


    —¿Quién vive preparado para el adiós?
    Él me mira. No hay un ápice de ironía en la pregunta.
    Encojo los hombros y poso el vaso sobre la mesa, cuyo tintineo provocado por el choque de los hielos queda amordazado por una música que está demasiado alta. Al menos en esta mesa no tenemos que soportar los empujones de aquellos que tratan de llegar a la barra. El precio de tener el altavoz encima es algo que pagamos con gusto y el pago es invadir nuestros espacios personales para poder escucharnos.
    —La ironía hace que tengamos que rendir pleitesía a esa palabra de forma irremediable y con una constancia mayor de la que nos gustaría. Hablamos de adioses variados que pueden tocarnos de forma más o menos profunda. Nadie escapa de aquellos que producen un dolor infinito de los que oprimen el pecho y queman en la garganta como una plancha de hierro al rojo vivo.
    «¿Acaso no has llorado alguna vez hasta que las cuerdas vocales acaban dañadas? ¿Hasta que lo siguiente que sale de tu garganta no es más que un silencio infinito de ojos hinchados por las lágrimas?» No formulo las preguntas. Sé que lo ha hecho. Me lo contó aquel día en que casi nos deslizamos en el vórtice de un algo que nunca ha llegado a ser nada. Pero aquel día, casi.
    —Están los adioses y los ADIOSES.
    »La inocencia que pierdes para siempre cuando descubres los secretos navideños de los adultos.
    »La mascota a la que quieres más que a la mayoría de personas que conoces y de la que ya no podrás sentir su ronroneo en las mañanas frías de invierno acurrucada a tu lado.
    »Ese momento en el que bajas a comprar tu queso favorito y descubres que la fábrica ha cerrado y nunca más volverá a comercializar.
    »La niñez desterrada por obligación a la llegada de la primera menstruación.
    »El último cigarro de la cajetilla antes de dejarlo para siempre.
    »La amiga que una noche decide tomar un bote de pastillas.
    »El libro que perdiste y no podrás recuperar porque fue descatalogado.
    »El primer amor, ese que hace que los cuentos que acaban con un “y vivieron felices para siempre” pierdan el significado.
    »El amor más irracional, ese que cala hasta el alma y tratará de aferrarse a los recodos de tu memoria por el resto de tus días.
    »El amor adulto y responsable, con el que todo es fácil como el respirar y que sabes que llevará tantos años construir de nuevo que no te molestarás ni en intentarlo de nuevo.
    »La rotura de tus gafas preferidas, esas cuya montura ha pasado de moda y sabes que nunca volverás a tener.
    »Ese disco duro que se quema con todas tus fotos de las que nunca hiciste copia.
    »El olor de tu bebé que se ha hecho grande y más impertinente de lo que creías haber educado.
    »El vecino de toda la vida que cogió el coche por la mañana y no volverá a hablar contigo sobre el tiempo en el ascensor.
    »El tumor que desaparece de tu cuerpo con incansables sesiones de quimioterapia que destruyen todo lo malo y lo bueno a su paso.
    »Aquella planta que has tratado de mantener con tanto cariño.
    »La vida de un familiar que se apagó como una vela, consumido por un final inexorable.
    »Están los adioses y los ADIOSES.
    El aire cargado de humo falso, como los de los conciertos, nos envuelve en su abrazo sintético. Noto su sabor en lo hondo del paladar. Lo odio.
    —La misma palabra puede sentirse más grande o pequeña en función del paso del tiempo, del humor del momento, de encadenar anécdotas que te hacen estallar en risas o llanto —valora tras unos segundos de silencio—. Aprendemos a vivir con ello, a claudicar a su inevitabilidad y, a pesar de todo el esfuerzo por comprender su significado, el adiós siempre es diferente y nunca terminamos de estar del todo preparados para afrontarlo.
    Me atrevo a tomar su mano. Tiene los dedos fríos y tiembla. No es por mí, ni por lo que hablamos. Siempre tiembla, como los dientes castañetean en las mañanas de invierno. Esbozo una sonrisa que no llega hasta los ojos.
    —Ojalá convertir los adioses tristes en hasta luegos agradecidos, que nos abracen dentro del pecho con sus brazos invisibles y cálidos.

11/10/24

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*Ejercicios libres al hilo de lo aprendido de la técnica "bola de nieve"


Y

el

río

solo

suena

cuando

mientes.

________________________

 

Y

vi

una

moda

fácil.


________________________

 

Absurdas

creencias

colapsaron

calumniadas,

rebuscando

obstinada

venganza.

04/10/24

 

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Llenar la boca de verbos dicendi

a veces sucede ser el camino

más corto para no transmitir nada.


Otras veces

completa el agujero del pecho,

rellena de sentido el vacío,

acuna entre sus trazos el olvido.

Reconforta, transmite,

traduce el mundo interior

y lo regala

a quien quiera escuchar con los ojos.


Delicado dodecaedro delirante.

Decir “diciendo” desesperadamente.

Documentar días decadentes.

Desbarrar.

Desgañitarse.

Despedir.

Decaer días documentados.

Decir “diciendo” dadivosamente.

Delicado despertar doloroso.


Soltar la mano.

Pelos erizados en la nuca al escuchar la nada que dices

y abrazar el cuerpo que deletreas con los dedos.


Porque decir también es silencio

y manos llenas de piel.